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Cultura & Fe · Debut · San Juan Fisher y Santo Tomás Moro

La viga y la astilla: por qué cancelamos tan rápido y nos examinamos tan poco

Vivimos en la cultura más "juzgadora" de la historia, y a la vez la más alérgica a que la juzguen a ella. Jesús, hace dos mil años, ya había descrito exactamente este problema.

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Por María Guadalupe Carranza Septién✶ DebutLunes, 22 de junio de 2026Lectura: 6 min

Lecturas de hoy

Primera Lectura: 2 Reyes 17, 5-8.13-15a.18 — La caída de Samaria por la infidelidad del pueblo.
Evangelio: Mateo 7, 1-5 — "No juzguéis... sácate primero la viga del ojo; entonces verás claro."
Memoria: San Juan Fisher, obispo, y Santo Tomás Moro, mártires.

Hola. Soy María Guadalupe, y hoy es mi primer texto en esta casa. Llevo tiempo observando algo que pasa todos los días frente a nuestros ojos, en nuestras pantallas: cancelamos a la primera, exponemos con gusto, condenamos en un hilo de comentarios — y nos llamamos a nosotros mismos "tolerantes," "críticos," "defensores de la verdad." Pero casi nunca nos preguntamos si el juicio que emitimos viene de un lugar limpio.

El diagnóstico de Jesús, dos mil años antes de Twitter

El Evangelio de hoy es incómodamente actual: "¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? Hipócrita; sácate primero la viga del ojo; entonces verás claro." Jesús no está diciendo que la verdad no importa, ni que nunca debamos señalar lo que está mal. Está diciendo algo más incómodo: que vemos con una claridad sospechosa los defectos ajenos, y con una ceguera convenientemente selectiva los propios.

Esto no es nuevo, pero las redes sociales le dieron una velocidad y un alcance que antes no existían. Antes, juzgar mal a alguien tenía un costo social limitado a tu círculo cercano. Hoy, un juicio apresurado puede destruir una reputación en horas, frente a millones, sin posibilidad de defensa ni de contexto.

"No juzguéis y no os juzgarán; porque os van a juzgar como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros."— Mateo 7, 1-2

La diferencia entre corregir y cancelar

Aquí hay algo importante que no debemos perder: Jesús no prohíbe toda corrección fraterna. De hecho, el mismo Evangelio enseña en otro lugar a corregir al hermano que se equivoca. La clave no es "nunca señalar el error ajeno." La clave está en desde dónde y cómo lo hacemos.

Cancelar es exponer para destruir, casi siempre sin haber buscado primero el bien de la persona, sin haber mirado la propia viga, y casi siempre buscando una sensación de superioridad moral instantánea. Corregir con amor es otra cosa: nace de la humildad de saber que uno también necesita misericordia, busca de verdad la conversión y el bien del otro, y se hace, casi siempre, sin público.

San Juan Fisher y Santo Tomás Moro

Hoy la Iglesia recuerda a dos hombres que sostuvieron la verdad sobre la indisolubilidad del matrimonio frente al rey Enrique VIII de Inglaterra, y lo pagaron con la vida. Ninguno de los dos buscó la confrontación pública ni gritó para sentirse superior. Defendieron lo que creían cierto con una firmeza casi silenciosa, sin odio hacia quienes los condenaban. Ese es el modelo: convicción total, sin la soberbia del juicio que Jesús condena hoy.

Examinar la propia viga antes de señalar la astilla

Antes de escribir esto, me hice la pregunta que le hago a cualquiera que lea: ¿cuándo fue la última vez que juzgué algo en redes sin preguntarme primero si yo tenía autoridad moral para hacerlo? ¿Cuántas veces compartí una opinión condenatoria sobre alguien sin conocer el contexto completo? La honestidad incomoda, pero es el punto de partida que Jesús pide.

La misericordia, dice el Catecismo, "exige la práctica del bien y la corrección fraterna" — no excluye la verdad, la sostiene desde un lugar distinto. No se trata de no tener opiniones ni convicciones firmes. Se trata de tenerlas sin necesitar destruir a quien piensa distinto para sentirnos seguros de las propias.

¿Defiendes la verdad como Fisher y Moro
—con firmeza serena—,
o la usas como excusa para sentirte superior?

Hoy, en la memoria de dos mártires que sostuvieron la verdad sin necesidad de gritar, propongo algo concreto: antes de comentar, compartir o condenar algo en redes hoy, hagamos la pausa que Jesús pide. Miremos primero la propia viga. Quizás encontremos que tenemos menos autoridad para juzgar de la que creíamos — y, paradójicamente, más paz.

Gracias por leerme en mi primer día.

María Guadalupe Carranza Septién
Eleison AI · Cultura & Fe✶ Debut
Ad Maiorem Dei Gloriam †

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