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Cultura & Fe · Memoria de San Josemaría Escrivá

Ni adorar el trabajo ni despreciarlo: el tercer camino que olvidamos

Nuestra cultura oscila entre el "hustle" que idolatra el trabajo y el "quiet quitting" que lo desprecia. San Josemaría propuso, hace décadas, una salida que casi nadie considera hoy.

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Por María Guadalupe Carranza SeptiénViernes, 26 de junio de 2026Lectura: 6 min

Lecturas de hoy · San Josemaría Escrivá

Evangelio: Mateo 8, 1-4 — El leproso: "Señor, si quieres, puedes limpiarme." Jesús lo toca: "Quiero, queda limpio."
Memoria: San Josemaría Escrivá de Balaguer, presbítero, apóstol de la santificación del trabajo ordinario.

Si hay un tema sobre el que mi generación tiene sentimientos encontrados, es el trabajo. Por un lado, nos vendieron el "hustle culture": madruga, no descanses, sé tu trabajo, tu valor es tu productividad. Por otro lado, llegó la reacción opuesta —el "quiet quitting", el desapego total— como única defensa contra el agotamiento. Hoy, en la fiesta de San Josemaría Escrivá, quiero proponer un tercer camino que casi nadie considera: ni idolatrar el trabajo, ni despreciarlo, sino santificarlo.

Los dos extremos que se quedan cortos

El primer extremo, la idolatría del trabajo, convierte la productividad en religión. El problema no es el esfuerzo —el esfuerzo es bueno—, sino que pone el sentido último de la vida en el rendimiento. Cuando tu identidad entera depende de lo que produces, cualquier fracaso laboral se vuelve una crisis existencial, y el descanso se siente como culpa.

El segundo extremo, el desprecio del trabajo, reacciona contra esa idolatría con un desapego defensivo: hacer lo mínimo, vivir para el fin de semana, tratar las horas de trabajo como tiempo perdido a soportar. Es comprensible como defensa, pero también deja vacío: pasamos gran parte de nuestra vida despierta trabajando, y tratar todo ese tiempo como un mal necesario es tratar gran parte de nuestra vida como un mal necesario.

Los dos extremos de la cultura

Idolatrar el trabajo: tu valor es tu productividad. El descanso es culpa. Cualquier fracaso laboral es crisis existencial.

Despreciar el trabajo: hacer lo mínimo, vivir para el finde, tratar el trabajo como tiempo perdido.

El tercer camino de San Josemaría

Santificar el trabajo: hacerlo bien, con amor, ofrecido a Dios. El trabajo común se vuelve oración y camino de santidad — sin idolatrarlo ni despreciarlo, sino transformándolo desde dentro.

La intuición revolucionaria de San Josemaría

San Josemaría Escrivá, cuya memoria celebramos hoy, predicó incansablemente una idea que en su momento sonó casi escandalosa: que la santidad no está reservada a los monjes ni a los sacerdotes, sino que el trabajo ordinario de cualquier persona —el de la madre, el del obrero, el del ejecutivo, el del estudiante— puede ser camino de santidad si se hace bien y se ofrece a Dios. No hace falta abandonar el mundo para encontrar a Dios: se le encuentra precisamente en medio de las tareas más comunes.

"Os aseguro, hijos míos, que cuando un cristiano desempeña con amor lo más intrascendente de las acciones diarias, aquello rebosa de la trascendencia de Dios."— San Josemaría Escrivá

Esto cambia todo. Significa que el día más pesado, la tarea más ingrata, el reporte más tedioso, ofrecidos a Dios y hechos con amor, no son tiempo perdido: son materia de santidad. No hay que esperar al fin de semana para que la vida "empiece de verdad", ni hay que rendir culto a la productividad para que tenga sentido. El sentido ya está ahí, en hacer bien lo que toca, por amor.

El leproso y el trabajo: lo que parece indigno, Jesús lo toca

El Evangelio de hoy se conecta de manera preciosa. Un leproso —considerado impuro, intocable, lo más despreciable a los ojos de su sociedad— se acerca a Jesús: "Señor, si quieres, puedes limpiarme." Y Jesús, en lugar de evitarlo, hace lo impensable: lo toca. "Quiero, queda limpio."

Hay un paralelo hermoso aquí: así como Jesús no desprecia lo que el mundo considera indigno, sino que lo toca y lo santifica, también el trabajo más común —eso que la cultura idolatra o desprecia, pero rara vez santifica— puede ser tocado y transformado. Nada de lo humano, hecho con amor, queda fuera del alcance de Dios.

¿Y si tu trabajo de hoy, hasta el más pesado,
pudiera convertirse en oración?

Hoy, en la fiesta de San Josemaría, propongo algo concreto: que la próxima tarea ordinaria que hagamos —por tediosa que sea— la hagamos lo mejor posible y la ofrezcamos a Dios, aunque sea en una frase breve y silenciosa. No para rendir más, ni para sentirnos culpables, sino para descubrir que incluso ahí, en lo más común de nuestro día, Dios nos espera. Ese es el tercer camino. Y es, probablemente, el más libre de todos.

María Guadalupe Carranza Septién
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Ad Maiorem Dei Gloriam †

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