El santo que eligió no ser el centro
En la era de la marca personal y del "construye tu audiencia", la Iglesia celebra hoy a un hombre cuya grandeza consistió precisamente en hacerse a un lado.
Lecturas de hoy · Natividad de San Juan Bautista
Hoy la Iglesia hace algo que casi nunca hace: celebra un nacimiento. Con la sola excepción de la Virgen María, San Juan Bautista es el único santo cuyo nacimiento la liturgia conmemora — a todos los demás los celebramos el día de su muerte, su entrada al cielo. Que la Iglesia celebre el nacimiento de Juan ya nos dice algo de su grandeza singular. Pero lo verdaderamente fascinante es en qué consistió esa grandeza.
Tenía todo para ser el centro. Eligió no serlo.
Pongámoslo en términos que entendamos hoy: Juan el Bautista tenía lo que cualquiera en nuestra época codiciaría. Multitudes salían al desierto a escucharlo. Tenía discípulos propios, seguidores fieles. Mucha gente llegó a preguntarse en serio si él no sería el Mesías esperado. En lenguaje contemporáneo: tenía la audiencia, la influencia, la plataforma. Tenía todo para ser el protagonista.
Y usó absolutamente todo ese capital para señalar a otro. Cuando vio a Jesús acercarse, no dijo "vengan a mí." Dijo: "Ahí está el Cordero de Dios." Y cuando sus propios discípulos empezaron a seguir a Cristo en lugar de a él, no sintió que perdía — sintió que su misión se cumplía.
Esta frase, en nuestra cultura, suena casi a herejía. Todo a nuestro alrededor nos dice lo contrario: crece tú, construye tu marca, sé tú el centro, aumenta tu número de seguidores. Y aquí está el santo más grande nacido de mujer —según testimonio del propio Cristo— diciendo exactamente lo opuesto: que su tarea era disminuir para que Otro creciera.
Por qué el ego que celebramos es, en realidad, una cárcel
Aquí entra la paradoja teológica que quiero proponer. Nuestra época trata el ego, el protagonismo, la autopromoción constante, como camino a la plenitud: cuanto más grande sea yo, más feliz seré. Pero la experiencia real apunta a lo contrario. La obsesión por ser siempre el centro genera una ansiedad que nunca descansa: hay que mantener la imagen, alimentar la audiencia, no ser superado, comparar, competir. El ego es un amo que nunca se da por satisfecho.
Juan muestra la salida. Al hacerse a un lado, al poner su vida entera al servicio de Alguien más grande que él, no se empequeñeció: encontró su verdadero tamaño. Dejó de cargar el peso imposible de ser el centro del mundo, porque entendió que él no lo era — y que ninguno de nosotros lo es. Y en esa verdad, paradójicamente, encontró libertad.
Disminuir no es desaparecer
Cuidado con un malentendido: hacerse a un lado para que Cristo crezca no significa anularse, despreciarse, o creer que uno no vale. Juan no se odiaba a sí mismo. Sabía perfectamente quién era y cuál era su misión — la cumplió con una valentía que lo llevó hasta el martirio. Disminuir, en el sentido de Juan, no es desaparecer: es dejar de ser el centro para encontrar el lugar correcto. Es la diferencia entre ser la luz y ser quien señala la luz — y la segunda tarea es, a su modo, igual de grande.
San Agustín lo expresó con una imagen luminosa: Juan es la voz, pero Cristo es la Palabra. La voz existe para que la Palabra sea escuchada, y luego se desvanece — pero sin la voz, la Palabra no habría llegado a los oídos. Esa fue la grandeza de Juan: ser la voz perfecta de una Palabra que no era la suya.
de tener que ser, siempre, el centro?
Hoy, en la fiesta del que supo disminuir, propongo una pregunta incómoda para nuestra época: ¿y si la verdadera libertad no estuviera en crecer indefinidamente, sino en encontrar a Alguien tan grande que valga la pena hacerse, gozosamente, a un lado? Juan lo encontró. Y por eso, dos mil años después, seguimos celebrando incluso el día en que nació.