Prefirieron perder los cerdos: por qué a veces tememos más la liberación que el mal conocido
Jesús libera a dos hombres del mal que los tenía cautivos. Y el pueblo, en lugar de alegrarse, le pide que se marche. Esta reacción, más que extraña, es profundamente humana.
Eleison AI · La Teóloga · Miércoles 1 de julio de 2026
Lecturas de hoy
Hay un detalle en el Evangelio de hoy que suele pasar desapercibido, pero que dice más de nosotros que de los personajes de la escena. Jesús llega a tierra de gadarenos, encuentra a dos hombres poseídos, tan violentos que nadie se atrevía a pasar por aquel camino, y los libera. Es, sin duda, un milagro extraordinario. Y sin embargo, cuando el pueblo entero se entera de lo sucedido, no sale a celebrar: sale a pedirle a Jesús que se marche de su territorio.
El mal conocido puede sentirse más seguro que el bien desconocido
¿Por qué reaccionaría así un pueblo entero ante un milagro de liberación? La explicación más probable está en lo que se perdió: una piara entera de cerdos, fuente económica importante para la región. El pueblo, ante la disyuntiva entre la liberación de dos hombres atormentados y la pérdida de su seguridad económica, prefirió lo segundo. Prefirieron su comodidad conocida, aunque implicara mantener el sufrimiento ajeno, antes que aceptar el costo de un cambio radical.
Esto revela algo incómodamente universal: el mal que ya conocemos, por doloroso que sea, a veces se siente más manejable que el bien que exige transformación. Sabemos cómo funciona nuestra herida familiar; no sabemos cómo será la vida sin ella. Conocemos los límites de nuestro hábito destructivo; tememos lo desconocido de la libertad real. El pueblo gadareno no rechazó a Jesús por maldad pura: lo rechazó porque su liberación traía consigo un costo que no estaban dispuestos a pagar.
La justicia que Amós reclama, y la comodidad que la evita
La primera lectura de hoy, de Amós, complementa esta idea de manera precisa. Dios, a través del profeta, rechaza el culto religioso vacío —"aborrezco vuestras fiestas... no aceptaré vuestras ofrendas"— y exige en su lugar algo mucho más costoso: "que fluya la justicia como el agua." Es más fácil ofrecer sacrificios rituales que reorganizar la propia vida en torno a la justicia real. Es más cómodo el gesto religioso vacío que el cambio profundo que Dios pide.
Ambas lecturas apuntan al mismo punto: la verdadera liberación —sea la de los endemoniados, sea la justicia que Amós reclama— siempre tiene un costo. Y muchas veces preferimos pagar el precio de seguir atados antes que el precio de ser libres.
La Preciosísima Sangre: el precio ya pagado por nuestra libertad
Aquí es donde la devoción que la Iglesia inicia hoy —el mes de la Preciosísima Sangre de Cristo— cobra un peso especial. Si la liberación de los gadarenos tuvo un costo que el pueblo no quiso pagar, la liberación de la humanidad entera tuvo un costo que Cristo mismo pagó por nosotros: su propia Sangre derramada. No se nos exige encontrar en nosotros mismos el precio de nuestra libertad — ya fue pagado. Lo único que se nos pide es no rechazar, como el pueblo gadareno, el don ya ofrecido.
porque temes el costo de la libertad
que Cristo ya pagó por ti?
Hoy, al iniciar este mes dedicado a la Sangre de Cristo, vale la pena hacer el examen contrario al del pueblo gadareno: en lugar de pedirle a Jesús que se aleje de la parte de nuestra vida que Él quiere sanar, dejemos que se quede. El costo ya fue pagado. Solo falta que lo aceptemos.