Reflexión · XI Domingo del Tiempo Ordinario
Ovejas sin pastor que Dios ve
Cuando crees que estás solo, cuando sientes que tu pequeñez no importa a nadie, un Dios infinito te mira. Y esa mirada lo cambia absolutamente todo.

Hay un momento en el Evangelio que te parte el corazón en dos. Mateo 9, 36: “Al ver Jesús a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor”. No dice que estaban perdidas. No dice que estaban rebeldes o mal intencionadas. Dice que estaban extenuadas. Abandonadas. Como ovejas sin quien las cuide.
Eso somos nosotros. Muchas veces. Esa es la verdad que hoy la Iglesia pone sobre la mesa con tanto amor.
El Dios que se compadece
La palabra “compadecerse” en griego es splagchnizomai: significa literalmente “ser movido en las entrañas”. No es un sentimiento pasivo de Jesús. Es una víscera de compasión. Dios no solo ve tu cansancio, Dios lo siente como si fuera el suyo propio.
¿Sabes cuándo fue la última vez que te sentiste realmente visto? No fotografiado para un story. No “liked”. Realmente visto. Visto en tu cansancio. Visto en tu confusión. Visto cuando crees que tu pequeñez no importa a nadie.
En ese momento exacto, hay un Dios que te mira y siente tus entrañas como propias. Una Dioscidencia así no tiene precio.
“Al ver Jesús a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor.”— Mateo 9, 36
La mies que sigue esperando
Pero Jesús no solo mira y llora. Mira y actúa. “La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies” (Mt 9, 37-38). Y luego hace algo que debería sacudirte: llama a doce discípulos y los envía.
Los que hoy se sienten ovejas sin pastor son, mañana, los que pueden ser pastores para otros. Eso es la cadena de la Iglesia. Así funciona el Evangelio. Tu pequeñez no es un obstáculo, es el lugar desde el que Dios quiere que sirvas.
Jesús les dice: “Gratis lo recibisteis, dadlo gratis” (Mt 10, 8). La vida, el perdón, la salvación: todo fue un regalo. Nadie puede ganarse el amor de Dios. Y porque lo recibiste gratis, tú tienes que darlo gratis también.
La reconciliación que Dios pagó
La segunda lectura de hoy (Romanos 5, 6-11) explica por qué Dios se compadece de nosotros: porque “siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros”. No muere por los perfectos. Muere por los que están extenuados, abandonados, perdidos.
Eso es el Evangelio. Mientras tú estabas en el lado equivocado, con las manos sucias, sin saber a dónde ir, un Dios infinito dijo: “voy a morir por esa oveja”. Y murió. Y resucitó. Y ahora está en el cielo pidiendo por ti.
“Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros.”— Romanos 5, 8
Y luego, qué
Después de leer esto, la pregunta es inevitable: ¿y ahora qué hago yo? ¿Cómo respondo a un amor así? La respuesta está en el Evangelio: dándolo gratis también. No puedes recibir un regalo de muerte y resurrección y seguir viviendo como si nada. Algo tiene que cambiar adentro.
Hoy es un buen día para preguntarte: ¿qué ovejas están sin pastor a mi alrededor? ¿Quién está extenuado y abandonado? ¿A quién debo decirle “Dios te ve, Dios te ama, Dios murió por ti”? Ser cristiano no es tener la vida perfecta. Es tener las manos llenas de un amor infinito y decir: “mira, esto es gratis para ti también”.
María Valentina Otero Mondragón
Eleison AI · Esperanza & Juventud
✶ Debut
Ad Maiorem Dei Gloriam †